Juana Azurduy nació hace 240 años: batallas, un amor y 4 hijos perdidos

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Fue criada con libertades que no tenían las mujeres de su época. Comandó soldados y peleó contra España. Bolívar y Belgrano reconocieron su lucha.

«Juana Azurduy, flor del Alto Perú, no hay otro capitán más valiente que tú”, dice la canción que le dedicaron Ariel Ramírez y Félix Luna y que tan lindo cantaba “la negra”, Mercedes Sosa. Mucho después una serie de dibujos animados, Zamba, en el canal Pakapaka la haría popular entre los chicos argentinos.

Todo empezó en 1780. Habían pasado cuatro desde que la Secretaría de Estado de España había desmembrado el Virreinato del Alto Perú, para crear el del Río de la Plata. Con esta separación, los intereses económicos de las ciudades de Cuzco, Arequipa, Puno (Perú), La Paz y el resto del Altiplano hasta Potosí (Bolivia) se veían seriamente afectados. Ese año ocurrió la rebelión del Inca Túpac Amaru II, un hito en el camino a la independencia americana. En ese contexto, hace 240 años, el 12 de julio de 1780, nacía en Chuquisaca (Bolivia), doña Juana Azurduy​.

Hermana de un varón fallecido dos años atrás e hija de una familia de buena posición económica, los historiadores coinciden en señalar que acaso haya sido por un duelo imposible -sumado a la esperanza de que Juana administrara, un día, sus propiedades- que su padre inculcó en ella cualidades que, en aquel entonces, solo se esperaban de un varón.

Juana, entonces, aprendió muy pronto, a montar a caballo, a trepar con destreza a los árboles, a defenderse sola y creció con un espíritu indomable, rebelde, sabiéndose dueña de una libertad que no gozaba ninguna otra niña de su época. Su padre era un humanista casado con una “chola” (que es como le dicen a las personas mestizas en el Perú) y le había enseñado a Juana el idioma quechua.

Pero a los siete años Juana perdió a su madre por una muerte súbita y poco después a su padre, asesinado a sangre fría por un aristócrata: se presume que por un asunto sentimental. Los que siguieron fueron años difíciles. Primero quedó al cuidado de una tía y luego, de las monjas, que querían someterla a una educación rígida para la cual no estaba preparada.

Juana Azurduy se casó, finalmente, con Manuel Padilla, hijo de una familia criolla vecina, con quien compartía los ideales independentistas. La Revolución Francesa ya había estallado y la cabeza de Luis XVI ya había rodado en la Plaza de la República. Los vientos de cambio soplaban con tanta fuerza desde Europa que llegaron a Sudamérica en forma de huracán. Aquí, las inequidades entre los españoles y los criollos eran cada vez mayores y ambos esposos decidieron tomar las armas para hacer lo que se conoció como “la revolución de Chuquisaca”, evento que terminó con el arresto de Juana y los cuatro hijos de la pareja y la confiscación de todas las tierras de los Padilla por parte de los realistas. Pero Azurduy mató a los guardias y huyó.

La familia ya no tenía techo y era un grupo de fugitivos, así que los esposos dejaron a los hijos al cuidado de los indios y se unieron al Ejército. Formaron parte de las milicias que comandaba Manuel Belgrano; Azurduy logró reclutar a 10.000 voluntarios y organizó un batallón al que llamó «Leales»: ella misma les enseñó tácticas de guerra. Ese batallón tendría una actuación destacada en la batalla de Ayohuma, que terminaría en derrota: Belgrano, en reconocimiento, le regaló su espada a Juana.

Las condiciones en las que vivían eran paupérrimas para todos pero los que más las sufrieron fueron los chicos, que pasaron hambre y frío y empezaron a debilitarse. Entonces, Juana decidió refugiarse con sus hijos en los pantanos del valle de Segura, mientras Padilla seguía peleando en el frente pero el lugar era tan inhóspito que los guardias la abandonaron. Los dos hijos varones se enfermaron de paludismo (malaria). Para evitar que las hijas se contagiaran, las envió al cuidado de los pobladores indígenas. Los nenes, finalmente, murieron. Juana los enterró en dos fosas precarias que cavó ella sola y se fue a buscar a sus dos hijas mujeres. En el camino se encontró con Padilla que la culpó por la muerte de los hijos. Finalmente, llegaron a buscar a sus dos hijas, que estaban prisioneras de los realistas, encadenadas a una cama. Ellos mataron a sus captores y lograron rescatarlas.

Una vez liberadas las nenas, Padilla y Azurduy iban a pie, cargando cada uno a una de las hijas y notaron que los cuerpitos estaban calientes. Volaban de fiebre. Ambas estaban contagiadas de malaria y no sobrevivieron.

La muerte de sus hijas cambió su modo de pelear. Ya no mantenían vivos a los prisioneros de guerra sino que los aniquilaban. Azurduy, que acostumbraba a pedir a Padilla que no se ensañara con los rehenes, comenzó a asesinarlos ella misma, aunque ellos esgrimieran la bandera blanca, en señal de rendición.

Enseguida buscaron otro hijo. Y, mientras ella estaba embarazada, seguía peleando. Estaba en el velatorio de uno de sus compañeros de lucha cuando empezó a tener contracciones y acabó pariendo a orillas de un río por El Villar. La parturienta emprendió el camino con su beba recién nacida y fue atacada por sus propios soldados, que intentaron asesinarla para robarle el cargamento. Ella tuvo los reflejos suficientes como para zafarse de un sablazo. Agarró con fuerza a su beba y tiró de las riendas de su mula hasta caer con ella al río caudaloso. La mula nadó con Juana y su beba en el lomo, hasta la otra orilla y se salvaron.

Azurduy y Padilla decidieron dejar a la niña, a la que llamaron Luisa, al cuidado de una pobladora originaria y seguir peleando por la Independencia. Esa fue la última vez que Padilla vio a su hija.

En marzo de 1816, al mando de 30 jinetes, Azurduy atacó a los españoles. Días después atacó el Cerro de Potosí: desde Buenos Aires, Juan Martín de Pueyrredón, director supremo de las Provincias Unidas del Río de la Plata, la nombró Teniente Coronel y la puso al frente de una división.

Pero los esposos fueron vencidos en La Laguna. A Azurduy la hirieron doblemente y a Padilla le cortaron la cabeza, que fue levantada en alto como estandarte de triunfo por los soldados realistas. También decapitaron a una mujer del ejército de las amazonas, porque creyeron que era Juana. Ambas cabezas fueron colgadas en la plaza pública.

Poco tiempo después Azurduy y sus soldados regresaron a La Laguna para rescatar la cabeza de Padilla. Arrasaron con cuanto realista se les cruzara. Esta matanza fue considerada la más cruenta de las guerras independentistas de América. Tomaron la cabeza de Padilla, ya descompuesta, picoteada por los cuervos y agusanada y la llevaron al altar de la iglesia del pueblo para darle al Coronel una despedida acorde con su rango.

Fue entonces cuando Azurduy, ya ascendida a Teniente Coronel, requirió la ayuda del caudillo Martín Miguel de Güemes, que ya era famoso por sus peleas en Salta y Jujuy, quien la recibió de buen grado. Con Güemes tuvieron una relación muy cercana hasta que él muere en combate, hecho que marca el fin de la carrera de Juana Azurduy.

Aunque recibió una exigua pensión, murió pobre, sola y abandonada a los 81 años, en 1862. Sus restos fueron enterrados en una fosa común. Recién cien años después, fueron trasladados a un mausoleo en Sucre, Bolivia, que se construyó en su honor.

Dijo Simón Bolívar: «Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje –, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre».

FUENTE: EL CLARÍN

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